La amistad
Cuando comencé a utilizar Facebook, en el boom que supuso la irrupción de esta red en los medios de comunicación, dediqué tiempo a buscar compañeros y compañeras de estudios a quienes les había perdido la pista. En esa búsqueda algunos me encontraron a mí y volvimos a retomar un contacto aparcado en el tiempo. Cada vez que recibía una solicitud de amistad de alguien con quien había coincidido en el Instituto, en la Facultad de Periodismo o desde cualquiera de los lugares donde he estado, suponía una alegría, un volver de nuevo al momento en que lo dejamos.
Los medios de comunicación son, la mayoría de las veces, ayuda y, aunque hay detractores y abusos más que sonados, sigo apostando por ellos, por lo que aportan y por lo que nos ayudan. Cierto que su utilización nos exponen demasiado, dejamos de ser "privados" y nos volvemos visibles.
Siempre me gustó el periodismo de investigación y aunque la búsqueda de viejos conocidos a través de Internet no tenga mucho que ver con este tipo de periodismo, las horas que he dedicado a buscar a alguien me recuerdan a lo que podría ser dedicar minutos y minutos desentrañando los misterios de una noticia, descubrirla, conocerla, aportar todos los datos posibles. El periodismo de investigación requiere tiempo, buscar a amigos también.
Hace unos meses me rencontré con una amiga de la que no sabía nada desde hacía treinta y seis años. Y digo amiga porque amistad fue lo que compartimos mientras fuimos universitarias. Después, cada una se fue por su lado. No había las facilidades de comunicación que tenemos ahora y en el ajetreo, creo, de los primeros años después de finalizar la carrera, buscando trabajo, perfilando nuestro futuro, nos perdimos en nuestros propios mundos.
Intenté encontrarla en las redes sociales. Nada de nada. Hasta que un día, las coincidencias hicieron que apareciera un hilo por el que tirar hasta llegar a localizarla a través de Facebook y entonces como si ayer mismo hubiésemos estado tomando café en Chamberí o paseando por la Complutense, seguimos donde lo dejamos, olvidando que hacía más de tres décadas que no sabíamos la una de la otra y que nuestra vida había cambiado y se había vuelto novedosa para la otra.
Y sí, me alegré mucho. Fue un momento único donde ese reloj suspendido en el tiempo se volvió a poner en marcha para darnos la alegría de celebrar nuestro encuentro. Me ocurrió también hace a penas unas semanas cuando volví a Honduras y tuve la oportunidad de saludar a gente a quien no veía desde hacía años. Hay un momento donde todo se paraliza y hay otro donde las conversaciones vuelven a fluir como siempre, donde las dejamos.
La amistad, cuando es de verdad, se mantiene a lo largo de los años, queda en stand-by hasta que vuelve a ponerse en marcha. Supongo que quienes hemos tenido la experiencia del reencuentro no olvidamos esos momentos donde las palabras se agolpan en la boca, donde en un minuto queremos resumir el tiempo pasado y donde, después, tras las primeras prisas, regresa el sosiego de la conversación sincera y entrañable. Vale la pena intentar recuperar a quienes fueron importantes para nosotros y, aún en el silencio de la distancia, siguen siéndolo. La alegría que se experimenta al encontrarlos de nuevo no tiene precio.
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